Jona Umaes

Viaje astral

          De repente, me vi en una especie de nube en movimiento. Pero no era como en uno de esos sueños en que te ves volando, una sensación indescriptible, con los brazos abiertos y aumentando o disminuyendo la velocidad a placer. En esa ocasión yo no percibía mi cuerpo, era meramente una idea de mí mismo que vagaba por la nada. Sentía el frescor según me movía en aquella neblina formada por girones blanquecinos que no dejaba entrever lo que había más allá. Así estuve un buen rato sin saber dónde me encontraba hasta que el cielo se abrió. Descendí de las alturas y en un instante me vi en un poblado de gente semidesnuda, de piel oscura. Las mujeres preparaban comida en fuegos al aire libre mientras los niños jugaban con una pelota de plástico a pocos metros. No supe por qué, me vino el recuerdo de cuando yo jugaba en el colegio con una pelota igualmente de plástico y disfrutaba el momento como lo hacían esos niños. Salvando las distancias, nada me diferenciaba de ellos. Jugaban con la misma sensación de felicidad, se enfadaban, gritaban, excitados o decepcionados, expresaban su sentir sin existir nada más en el mundo, durante esos instantes, que su juego y sus amigos. Era un micromundo dentro de otro más grande, que subsistiría mientras durase el partido. Luego se esfumaría, quedando en el recuerdo solo si sucedía algo reseñable.

          En un abrir y cerrar de ojos aquel escenario se diluyó transformándose en otra circunstancia cotidiana, esta vez en el interior de una casa donde una mujer leía sentada en un sillón a la luz de una lámpara de pie. Me resultó curioso cómo la expresión de su rostro cambiaba conforme leía. Al igual que los niños que había visto antes, estaba sumida en otro mundo, en una historia que vivía como real en su imaginación. Por momentos esbozaba una sonrisa, sus ojos brillaban o se agrandaban por la sorpresa. Pero eso tan solo duraba unos momentos, pues algún acontecimiento sobrevenía y entonces el brillo de su mirada se apagaba, su rostro se ensombrecía y hasta su postura parecía expresar que algo malo estaba sucediendo. Entonces pensé de qué forma unas personas influyen en otras. En ese caso, el autor había creado un mundo imaginario, siendo el primero en vivirlo, pero siempre de forma distinta a todos y cada uno de sus potenciales lectores, ya que cada persona lo haría a su manera. Podía decirse que era pura magia, un efecto colateral del que ni el propio autor es consciente. Esa magia que no existe en el cine, donde todos ven lo mismo, puesto que no hay lugar para la imaginación. Otra cuestión es cómo se interprete lo que haya querido decir el director, si es que ha querido decir algo, pero en las conversaciones con los amigos, se habla de tal o cual escena, exactamente la misma para todos. Sin embargo, en un libro cada uno imagina de forma distinta y eso se ve claramente cuando un director quiere filmar la historia de un libro. Entonces ves cómo lo que tú habías imaginado en tu lectura en nada se parece a como lo ha percibido el cineasta.

          De nuevo, otro salto en el espacio-tiempo me llevó a un concierto en un estadio de fútbol. Tenía la perspectiva de los músicos. Los haces de luz multicolor se movían en armonía con la música, fogonazos níveos cegaban sorpresivamente al público, consiguiendo espolearlos más aún. Podía ver las ondas de sonido salir en oleadas de los enormes bafles y la tarima del escenario vibrar continuamente por la potencia sonora. El inocuo humo blanco salía a chorros de los surtidores, ambientando el escenario y envolviendo a los músicos que desaparecían por momentos por la neblina artificial. El personal de seguridad vigilaba que ningún exaltado subiera al escenario a interrumpir al grupo en su actuación. El mar de gente saltaba y se contorsionaba al ritmo de la música, parecían poseídos por esta, quizás muchos bebidos, vivían el momento como si nada más existiera fuera de aquel lugar. Algunas luces iluminaban cual faros el movimiento ondulante de la masa de gente bailando y los flashes de los móviles parecían el reflejo de estrellas en aquel mar que se perdía en la oscuridad. Nunca había visto un concierto desde el otro lado. Me resultó curioso cómo se viven las cosas según la perspectiva desde la que se hacen. Quería quedarme más tiempo allí porque pocas cosas hay comparables como un juego de luces iluminando la noche, pero no tenía el control de mi sueño, o lo que fuera aquello, y de nuevo me vi en mi habitación.

          Allí estaba yo, muy quieto, con el rostro totalmente relajado, sobre la almohada. El hecho de verme me aterró. ¿Qué significaba aquello? ¿Por qué había visto aquellas escenas? Quizás tuvieran que ver con los meses de depresión que no acababa de superar y que apareció sin más, sin avisar. De repente un día me invadió la tristeza, no le encontraba sentido a mi vida. Desde siempre había tenido un carácter inestable, con altibajos continuos. Los antidepresivos, sí, seguramente fuera eso lo que me provocó verme en esa situación. Quizás estaba alucinando en sueños. De pequeño me encantaba jugar al fútbol en el colegio y en el barrio con los amigos. Le pegaba bien al balón. También me encantaba leer. Desde muy joven, mi madre me regaló un libro y a partir de ahí fue un no parar, muchos no eran ni acordes a mi edad ni contemporáneos. También perdí el hábito con los años. Con la música me pasó como con la lectura. Fui un niño precoz, no solo oía música del momento, también clásica, folk, jazz… Me empapé de multitud de estilos, todo lo que llegaba a mis manos. La música era mi alegría de vivir y todo esto, por circunstancias de la vida, pasó a un segundo plano debido a los problemas.

          ¿Por eso las visiones, el verme fuera de mí, inerte? ¿Era una señal? ¿El camino para salir de mi pozo? Esos micromundos de tiempo limitado eran momentos de alegría, de felicidad. Me había olvidado de ellos y eso aceleró mi decaimiento. Ya era hora de retomarlos. De repente, me vi acercándome a mi propio cuerpo sin yo pretenderlo. Me atraía como un imán y terminé fundiéndome con él. Abrí los ojos y recordé mi deambular en la noche y mi propia imagen en la cama. Nunca supe si fue porque ya era hora de que saliera del hoyo y las pastillas hicieron su efecto, por el viaje extracorpóreo que nunca más se repitió, o por ambas cosas combinadas, pero al fin logré salir adelante. Recuperé la alegría de vivir, retomando lo que me hacía disfrutar, me apasionaba y alimentaba mi bienestar.

 

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