"Cuenta la leyenda que hubo un tiempo en que los hombres mantenían a las mujeres en segundo plano, no permitiendo su presencia en las tareas de dirección. Si bien su labor era fundamental, no se le reconocía públicamente, obviando sus quehaceres. Vivían por y para los hombres y su descendencia. La desigualdad era notoria, y solo con el paso del tiempo y la reivindicación de ellas, equilibraron la balanza".
—¿Qué lees?
—Es un libro de nuestros antepasados. Me da curiosidad como vivían y se relacionaban.
—Entiendo. Tienes intención de presentarte voluntaria a las pruebas de teletransporte, ¿verdad? Es una locura. ¿Y si algo va mal?
—Tengo una extraña sensación. Es como si hubiera nacido para ello. Hasta sueño con pisar verdes prados y bañarme en lo que llamaban mares.
—Nunca has tratado a un hombre. Eran seres primitivos y agresivos. ¿Y si te ocurre algo?
—Es un riesgo que estoy dispuesta a correr.
—Estás loca. Solo espero que no te seleccionen. No quiero perder a mi mejor amiga.
—No me perderás. Todo saldrá bien. Te traeré un recuerdo de la Tierra.
El complejo de naves erraba por la galaxia sin rumbo. Tras décadas sin hallar un lugar habitable, se había perdido toda esperanza de asentamiento. Las investigaciones se habían centrado en construir un dispositivo para desplazarse al menor coste material y humano. Al fin lo habían logrado. De eso hacía años, consiguiendo explorar, de esa forma, cientos de mundos con condiciones aceptables de habitabilidad. Pero todo quedaba en agua de borrajas. Al poco de explorarlo, lo abandonaban ante los peligros que acechaban. Encontrar algo similar a lo que fue la Tierra en su día, se les antojaba imposible. Realmente, el planeta del que provenían era un milagro del cosmos. Habían pasado cientos de años desde que las naves lo abandonaran, tras convertirse en un lugar desértico y sobrepoblado. El clima hostil fue lo que finalmente les convenció de que no había futuro allí. Con el tiempo se dieron cuenta de su error. Hallar un mundo parecido al suyo era como buscar una lentilla en una inmensa playa
Llegó el gran día para Alicia. Su sueño se había hecho realidad, había sido seleccionada para la misión, junto a otras muchas mujeres, que se repartirían por todo el planeta y en diferentes momentos temporales. Nadie sabía si regresarían sanas y salvas. Las naves habían emprendido el camino de vuelta al sistema solar y ahora, miraban desde la lejanía un planeta beige como la arena que lo cubría. La escasez de agua y vegetación había reducido drásticamente los niveles de oxígeno. Si aún quedaba vida allí, sería bajo condiciones extremas. La razón de aproximarse no era visitar un planeta extenuado, sino para que la teletransportación, según su experiencia, tuviera más probabilidades de éxito.
Su principal misión era recolectar semen, el cual ya escaseaba en la nave; el tiempo se había agotado para ellas, ya que no encontraron la forma de generarlo en los laboratorios. Su segunda misión era capturar momentos y conocimiento de sus antepasados, escaso y confuso en sus bibliotecas digitales. Alicia sería enviada al año 2025, a algún lugar de sur de Europa, sin posibilidad de concretar más allá de un área. Era algo que tendrían que afinar con el tiempo.
—Es normal que estés nerviosa. No te preocupes, te estaremos monitorizando en todo momento desde aquí. Si detectáramos alguna anomalía en tus constantes, te regresaríamos de inmediato —. La técnica repetía una y otra vez las mismas palabras a cada exploradora, implicándose lo mínimo.
—Sí, pero son nervios de emoción, ha sido mi sueño desde niña. Estoy impaciente por llegar —dijo Alicia, claramente alterada.
—Me alegro de que te lo tomes así. Si vieras a tus compañeras de misión...
—Entonces, cuando considere que mi trabajo ha acabado, pulso este botón para comenzar el proceso de vuelta, ¿no?
—Así es, pero igualmente, si te vieras en peligro. Desconocemos qué te encontrarás allí. Eres una privilegiada, ¿lo sabes?
—Sí, lo sé. Cumpliré mi misión lo mejor que pueda.
El personal encargado de los preparativos salió de la sala. Alicia pudo verlos a través de un cristal, al otro lado de la pared. Las luces de la mesa de control se reflejaban en sus rostros níveos, maquillando de tonos cálidos su palidez. Fue lo último que presenció antes de que el arco de luz que la rodeaba se iluminará gradualmente y la cegara.
Instantes después se vio rodeada de árboles. Aquello era nuevo para ella, jamás había experimentado nada igual. El aire era limpio, los olores intensos, y la luz del sol la obligaba a entrecerrar los ojos. Instintivamente, se puso la mano de visera, gesto que no entendía por qué realizaba, ya que jamás en su vida lo había hecho. No dejaba de mirar a su alrededor, pero su vista volvía una y otra vez sobre el horizonte. Le fascinaba el cielo azul y el mar inmenso abajo. Calzaba unas botas altas de explorador, por lo que no era problema para ella caminar en aquella superficie, aunque tardó en acostumbrarse a lo irregular del terreno.
—Hola, ¿te has perdido? —escuchó una voz tras ella.
—Alicia se volvió al escuchar aquellos sonidos. Gracias al pequeño dispositivo que incorporaba su traje, pudo entender lo que había oído. Su lengua había evolucionado a lo largo de los siglos y aquellos idiomas primitivos yacían inertes en archivos digitales, esperando la oportunidad de ver la luz en algún momento. Habían hecho un buen trabajo con el traductor simultáneo.
—Hola, me llamo Alicia —dijo ella sin mover los labios. Se había vuelto hacia el joven y le tendía la mano, observándolo con fascinación. El otro se quedó de piedra al verla de frente y tardó en reaccionar. Había escuchado su voz, pero ningún músculo de su níveo y alargado rostro se había movido. La boca era pequeña y de labios finos. Su sonrisa solo dejaba ver las encías. En apariencia, parecía carecer de dientes. Su atuendo era de lo más extravagante. Llevaba un traje ceñido de una sola pieza, que apenas dejaba al descubierto las manos y el rostro. A pesar de todo, la vio hasta bonita. La expresión era dulce y su actitud amigable le agradó.
—Hola, soy Carlos. ¿Por qué vas vestida así? ¿Vas a una fiesta de disfraces? —dijo, en tono jocoso.
—No entiendo, lo siento. Soy de fuera y no conozco este sitio.
—¿Por qué te escucho si no veo que hables? —preguntó con asombro.
—Es un don que tengo, hablo con la mente —. Ella no necesitaba conocer el idioma del aborigen para hablarle. La telepatía era un lenguaje universal, aunque en la Tierra nada sabían de esa capacidad dormida que tenían en sus mentes y que no aprovechaban—. ¿Qué ciudad es esa? —le señaló con el dedo.
—Es Málaga. ¿No la conoces?
—No. ¿Quieres enseñármela?
—¡Claro! ¡Vamos! Pero, cuéntame de ti. ¿De dónde eres?
Alicia se sentía cómoda con la compañía del joven. No temía nada de él, así que le contó la verdad. Él creyó que bromeaba y alabó su imaginación. Ella no le contradijo ni insistió. En vez de reafirmarse, le hizo preguntas de todo tipo, poniendo el foco en él.
Llegaron a la ciudad sin apenas darse cuenta. Si había quedado maravillada con el bosque, con la urbe no fue menos. Veía tanta gente, edificios y máquinas rodando, que no sabía dónde fijar la mirada. Se agobió de tanto estímulo y le pidió a Carlos que la llevara a un lugar más tranquilo. Al poco, estaban sentados en un banco del paseo de una de las playas de la ciudad.
—Esto es maravilloso. Me pregunto por qué tuvo que desaparecer—dijo Alicia.
—¿A qué te refieres? —Ella se dio cuenta de que había dicho algo improcedente y cambio de tema.
—¿Todos los hombres son como tú? —quiso saber.
—Si te refieres a los malagueños, tenemos cierta idiosincrasia común, pero cada uno es de su padre y de su madre.
—No te entiendo.
—Somos parecidos en cuanto al contacto con la gente, pero distintos interiormente, como en cualquier otro lugar.
—Ah—. Alicia no entendía por qué habían decidido prescindir de los hombres en su futuro. No parecían peligrosos—. Me sorprende que todas las personas vistan distintas. ¿Por qué lo hacen?
—Haces unas preguntas muy extrañas. Va a ser verdad que vienes del espacio. La ropa refleja, en parte, nuestra personalidad. Vestimos como nos gusta, también por agradar a los demás, por formalidad, por etiqueta, por moda. Por muchas razones. Es una forma de identidad y de socializar.
—Utilizas palabras extrañas que no entiendo. Nosotras vestimos todas igual. Supongo que porque no necesitamos identificarnos por nuestro aspecto, sino por el trabajo que realizamos.
—¿Todas? ¿No hay hombres en tu nave? —se extrañó Carlos.
—No. Se decidió así desde el comienzo.
—Una nave solo de mujeres... ¿Os divertís entre vosotras? Quiero decir, ¿sois gais? ¿Y la descendencia?
—¿Gais? No conozco esa palabra. Claro que procreamos, si no, nos extinguiríamos.
—Gais son las personas del mismo sexo que tienen relaciones sexuales.
—Ah, vale. Te refieres a estimularnos entre nosotras. Sí, claro. Las hijas que tenemos es porque nos inseminan en el laboratorio.
—¿Solo hijas? ¿Cómo es posible? No hay forma elegir el sexo de los hijos. ¿O sí?
—Sí que la hay. Pero ya que has sacado tema. ¿Me das tu semen? —Carlos se quedó cuajado al escuchar aquello. De repente le entró la risa y ya no pudo parar.
—¿Mi semen? Ja, ja, ja. Curiosa forma de ligar tenéis —. Se le habían saltado las lágrimas y le dolía el costado de tanto reír. Cuando se le pasó el ataque, pensó que, quizás, por el hecho de no tener hombres a su lado, habían perdido la habilidad de socializar —. Aquí hacemos las cosas de otra manera. Siempre hay un acercamiento previo.
—Ah. Tienes una risa muy contagiosa —Alicia sonreía por la reacción del otro, aunque no entendía lo que decía. A ella la educaron para decir las cosas de forma directa, como al resto de la tripulación. Se trataba de maximizar la eficiencia, sin pérdida de tiempo.
—Perdona, es que me ha pillado desprevenido.
—Bueno, entonces, ¿me lo das?
—Vamos a pasear por la orilla. ¡Ya verás qué agradable! —y la cogió de la mano—. Ahora fue Alicia la que se quedó extrañada de aquel gesto. No sabía qué significaba ni por qué lo hacía. Se dejó llevar—. ¡Quítate las botas! No hay nada como andar descalzo por la arena.
Alicia, que no conocía el mar, ni nada de lo que allí había, se fue embriagando de nuevas sensaciones, pero lo que más le agradaba era la forma en que Carlos le cogía mano. No había sentido nada igual en toda su vida. Por otro lado, a Carlos le encandiló la inocencia de ella. Era como enseñar a una niña todo cuanto veía.
Tras el paseo, pararon en un chiringuito y Alicia probó, por primera vez, la comida de verdad. En el espacio tan solo tomaban pastillas vitaminadas con los nutrientes necesarios. Habían perdido parte de la dentadura de no usarla, quedándoles tan solo las muelas. Tomaron aceitunas, cerveza, tinto verano, ensalada, espetos, filetitos, calamaritos, rosada... Carlos se sorprendió de la ignorancia de ella hasta con la comida.
—¡Qué maravillas tenéis aquí! ¡¡¡¡Jamás había comido nada igual!!! —. Desde la nave nodriza, donde chequeaban la salud de las exploradoras a distancia, detectaron valores anómalos en los indicadores de Alicia, pero no quisieron intervenir si ella no lo solicitaba —. Me siento un poco mal, tengo una sensación rara en el estómago.
—¡¡¡Claro, si es que te has hinchado!!! No entiendo cómo te ha entrado tanta comida. Vamos a mi casa y te doy una pastilla para la pesadez de estómago. Ya verás qué rápido se te pasa.
Dejaron la playa y tomaron el metro. Alicia, que ya de por sí llamaba la atención por donde pasara, despertaba más curiosidad en espacios pequeños como el vagón. Las explicaciones de Carlos de todo cuanto veía, hizo que se olvidara de su malestar durante el trayecto. Los efectos del alcohol que habían tomado eran más evidentes en ella. Se la veía más alegre, no paraba de reír y sentía que la cabeza se le iba.
Ya en la casa, le dio una pastilla para que se le pasara la pesadez de estómago, y se sentaron en el sofá a ver la TV. Continuaron las preguntas de ella y explicaciones de él, era algo interminable. En la pantalla, Alicia tuvo nuevas impresiones; vio cómo se relacionaban hombres y mujeres en escenas románticas o del día a día. También nuevos paisajes, películas variadas, y bélicas o violentas. Demasiada información que acabó por saturarla. Al final, pidió a Carlos que la apagase.
—En parte, puedo entender que el mundo acabara como acabó, pero me parece que fue extrema la decisión de prescindir de los hombres —pensó en alto, Alicia.
—¡¿Cuándo se acabará el mundo?! ¡No me asustes!
—No lo sé, pero llegará el momento.
—Lo que has visto en la TV, es en parte verdad, pero también hay mucha ficción. Es una exageración de la realidad. Lo que buscan es manipular e impactar a la gente, eso engancha. La prueba la tienes en ti misma, mira todo lo nuevo que has conocido hoy. Pero no nos preocupemos por el futuro, la vida está aquí y ahora. Tú, yo, aquí comoditos, a salvo del resto del mundo. Me caes muy bien, ¿sabes?
—Gracias, yo también estoy a gusto contigo.
—¡Estupendo! Yo te caigo bien, tú me caes bien. Ambos nos caemos bien, ¿qué más se puede pedir?, ja, ja, ja. Me gusta tu pequeña sonrisa— le dijo, cogiéndole al mismo tiempo la mano. A continuación la besó con cuidado, no sabía de qué forma iba a reaccionar. Al fin y al cabo, era una extraterrestre sin ninguna experiencia con hombres. A ella le gustó el calor de su contacto. Siguieron besos más apasionados. Alicia comenzó a acalorarse.
—Entonces, ¿ahora me darás tu semen? —dijo ella acaramelada.
—Ja, ja, ja. ¡Cállate! Esas cosas no se dicen —dijo él, divertido.
Desde la nave, aquella noche, vieron que a Alicia se le disparó el pulso en ciertos momentos, al igual que otros indicadores. Se alarmaron tanto que estuvieron a punto de forzar su regreso, pero decidieron no hacerlo al ver que volvía a la normalidad pasados unos minutos.
Todo transcurría muy rápido entre ellos. Desde que se encontraron, la novedad hizo su trabajo, y se acercaron mutuamente hasta fundirse en la noche. Alicia experimentó un sentimiento desconocido para ella. No existía el amor de pareja en la nave. Sus relaciones eran únicamente placenteras, sin implicación alguna. Solo el cariño de la amistad se había mantenido como único lazo en los contactos.
Transcurrieron los días, más de los que le habían indicado a Alicia para que cumpliera su misión. Pero no era la única rezagada, lo mismo había ocurrido con otras exploradoras. Era algo con lo que no habían contado al diseñar la misión. Alicia sabía que si no regresaba por propia voluntad, lo harían forzosamente desde la nave. Se lo hizo saber a Carlos y se despidieron con la promesa de ella de que volvería con él.
Cuando Alicia reapareció en la nave, aún no habían regresado muchas de las otras. A los pocos días, forzaron el regreso de las que faltaban, pues debían hacer puesta común, en una comisión, de todo lo observado y que había sido registrado por las mujeres. Pusieron a buen recaudo el cargamento de la simiente y tomaron nota de las observaciones de cada una de las exploradoras.
Las que tuvieron experiencias agradables, plantearon la posibilidad de volver y quedarse en la Tierra el resto de sus días. Una de ellas fue Alicia, que desde que regresara a la nave ya echaba de menos a Carlos.
—Te he traído un regalo —dijo Alicia a su amiga.
—¿A, sí? ¿Qué es?
—Toma. Se llama caracola. Si acercas el oído, escucharás las olas del mar en la Tierra. Es algo mágico.
—¡Es verdad! ¡Qué maravilla! Y, cuéntame, ¿cómo ha sido tu experiencia?
—Mejor de lo que esperaba —dijo Alicia, con sonrisa sospechosa.
La misión había sido todo un éxito. Se desarrolló según lo previsto, pero pasaron por alto una cuestión en la que nadie había caído. Alguien planteó qué sentido tenía seguir vagando por el universo en busca de un lugar donde asentarse. Gracias al teletransporte temporal tenían la oportunidad de vivir una vida más rica y motivadora y, dado sus conocimientos y experiencia acumulada, ¿no sería posible influir en el pasado para no agotar La Tierra, y verla desolada tal como estaba en esos momentos? ¿No tenían el deber moral de, al menos, intentarlo?
La idea cayó como una bomba, nadie se lo esperaba. En realidad, era la mejor opción que tenían, ya que si la Tierra sobrevivía, habrían logrado su misión. Estaba en su mano lograrlo. Si no fuera así, volverían a intentarlo en un futuro lejano, cuando volvieran con sus naves a probar la máquina de teletransporte, y la historia se repetiría tantas veces como fuera necesario, hasta conseguirlo.
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Veröffentlicht auf e-Stories.de am 09.11.2025. - Infos zum Urheberrecht / Haftungsausschluss (Disclaimer).
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