Jona Umaes
¿Quién me lo iba a decir?
Contaba yo dieciséis años. Me encontraba en una plaza con unos amigos. Era la época del heavy, las greñas, las chupas de cuero y las litronas. Yo jamás me dejé el pelo largo, no me gustaba ni iba conmigo, pero los colegas de entonces lo llevaban, unos más que otros. Eran tiempos de LP's, discotecas para la gente "normal", o de pubs con mucho humo, música cañera a tope, y cerveza, mucha cerveza. Por entonces me movía en una pequeña Derbi que me llevaba donde quería en un periquete. La gente "normal", escuchaba Pop o música disco, pero, hasta entre los propios "heavies", mirábamos mal a quien le gustaba Europe y grupos light por el estilo. Y es que éramos muy duros, ja ja, ja. Las estupideces de la edad, ¡qué le vamos a hacer! Por entonces, no existían los móviles, ni siquiera internet. En las calles te encontrabas, cada dos por tres, una cabina gris, de las que se cerraban en acordeón y con violencia tras de ti, o las abiertas con protección de metacrilato y teléfonos azules más modernos. Había una única compañía 'Telefónica' de cuyo nombre no voy a acordarme, aunque quede dicho. Realmente las usábamos poco, pues se solía quedar desde casa. Una vez salías de marcha, tu familia ya no tenía forma de contactar contigo. El único control que había era el de un padre severo marcando la hora de vuelta. Eso al principio, conforme ibas cumpliendo años, los tiempos se flexibilizaban, volvías de madrugada con el pedo y no pasaba nada.
Sonaba AC/DC es un gran radiocasete en una zona deprimida de la ciudad. Me pasaron la litrona que iba de mano en mano, para dar un buen trago. Sí, antes se hacían estas cosas y no pasaba nada. Por suerte, nadie de nosotros fumaba, aunque cuando entrábamos a los garitos cerrados no tenías más remedio que tragarte el humo. Entre conversación y conversación (sí, antes los grupos hablaban sin la esclavitud de las pantallas y los scrolls infinitos), me di cuenta de que algo sucedía a nuestro alrededor. Parecía que nadie lo notara, quizás fuese una alucinación cervecera, propia de gente distraída como yo, pero el caso es que fue como si el aire se viciase por ondas de colores. No dije nada, el resto continuó hablando ajeno a lo que sucedía. Vi una pareja caminando, cogidos de la mano. El joven vestía una sonrisa resplandeciente, se le veía a gusto, a pesar de las entradas incipientes en su cabeza. Digo, a pesar, porque si a mí me pasase, no podría con el complejo. Su forma de caminar era similar a la mía, hasta las facciones tenían cierto aire a mí. El corazón se me aceleró cuando reconocí el lunar en el bigote y la cicatriz de la frente. ¡Demasiadas casualidades! Se me cruzó la idea de que podía ser yo con unos años de más, pero, ¿cómo podía ser? Quizás tuviera algo que ver ese extraño ambiente que pululaba por doquier. No me aguanté más y me levanté para dirigirme hacia ellos, pero conforme me acercaba, más difusas se volvían sus figuras, hasta que a punto de alcanzarles, terminaron por desvanecerse.
Allí me encontraba como un tonto en busca de no sé qué, mientras mis amigos continuaban hablando como si nada sucediese. Volví confuso a mi sitio, pensando en la visión. No me pareció haber bebido tanto como para aquello, pero, por otro lado, me agradó haberme visto en tan buena compañía. El cielo no cambió, se mantuvo en ese ambiente enrarecido, aunque no para los demás, para quienes nada sucedía. Me sumé a la conversación general, hablaban de ir Madrid a ir a ver a Judas Priest en verano. Ciertamente, era un gran plan, verlos en vivo debía ser impresionante.
Al rato, de nuevo, vi alguien aparecer por el mismo sitio que la pareja anterior. Al igual que la otra vez, me pareció reconocerme, apenas había cambiado de aspecto, pero estaba vez iba solo. Llevaba algo en la mano que no logré identificar. Me paraba de vez en cuando y miraba la pequeña pantalla que iluminaba mi cara apuntando hacía algún sitio. La experiencia anterior me aleccionó que sería inútil acercarme, que la visión desaparecería igualmente si trataba de aproximarme. Me pregunté por qué tenía aquellas visiones.
La situación se fue repitiendo varias veces aún. En otra escena me veía con dos mujeres, una de ellas anciana, seguramente la madre de la chica que me acompañaba. Me encontraba más mayor, más delgado y con canas. Ya no tenía entradas, apenas veía el pelo canoso en las patillas.
¿Sería realmente aquel el futuro que me esperaba? El futuro ya es presente y puedo decir que sí. A veces pienso hasta qué punto podemos dirigir nuestro destino hacia donde queremos, si es que realmente sabemos lo que queremos. La mayoría de las veces nadie sabe hacia dónde tirar, ve las cosas a corto plazo. Vamos dando pequeños pasos, pero hasta que no se tiene la cabeza asentada, no miramos más allá de nuestras narices.
Cuando paso por aquel lugar y veo los asientos en los que echaba el rato con los amigos escuchando música, con una birra en la mano, me parece mentira lo rápido que ha pasado el tiempo. Muchas cosas de las que me han sucedido no fueron buscadas, se presentaron las oportunidades y las aproveché. Pero, ¿cuántas otras dejé pasar y, que de otra forma, hubieran cambiado, por completo, el resto de mi vida? Tienen razón cuando dicen que cada uno forja su destino, tanto por acción como por omisión. Hasta los malos momentos, de los que aún duelen, visto desde la distancia, fueron necesarios para llegar hasta el punto donde estamos. Arrepentirse no sirve de nada, lo que fuese que hiciéramos, es un paso más en el camino, algo entre muchas otras cosas buenas y malas que han sucedido.
Aquel sitio no ha cambiado mucho, aunque sí los negocios próximos. Ahí están los asientos, pero con unos años de más, los míos. Cuarenta años no son tantos, pero ¿quién puede afirmar que no continuo ahí, disfrutando de todo aquello en otro hilo temporal? ¿Podría verme a mí mismo en un futuro, bajo ciertas condiciones? ¿Qué ocurre cuando vas a una de esas casas que hay en todas las ciudades, vieja y abandonada, de la que dicen que se escuchan ruidos extraños y suceden cosas raras? Una casa encantada, que no ha sido abandonada por sus antiguos moradores, y que siguen presentes de alguna forma. ¿Podría ser ese sitio una anomalía temporal, un lugar donde conviven dos instantes temporales distintos? Ni para los más incrédulos pasa desapercibido visitar esos lugares cuando escuchan o suceden cosas que no pueden explicar. Al fin y al cabo, somos energía, y la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma. Nadie sabe adónde vamos cuando morimos, quizás sea decisión de cada uno quedarnos en nuestro hogar para cuidar a nuestros vivos, o puede que quedemos atrapados en una dimensión distinta. ¿Qué sabe nadie a qué lugar van todos?
¿Te has parado a pensar alguna vez cuando vas, por ejemplo, a Berlín y pasas por debajo de la Puerta de Brandemburgo? No hace tanto cuando por ahí desfilaban las tropas nazis, y hasta el mismo Hitler. Estás pisando el suelo que pisaron, las mismas piedras que los que vivían entonces. ¿Crees que no queda nada de aquello? Recuerdo la primera vez que viajé allí y pasé algunas noches. No creo que estuviera sugestionado, no sé si llegué a pensar alguna vez esto mismo que escribo aquí, pero una noche me desperté como si me encontrara en aquella época y soñé, o aluciné, creyendo ver soldados corriendo por la habitación y saltando por la ventana rifle en mano. No se repitió, pero esas viviendas, aunque cimentadas sobre las destruidas, tienen que tener memoria, deben estar empapadas de acontecimientos de entonces. Quizás, un berlinés opine distinto, con otro punto de vista. Este tema lo he pensado más de una vez, y cuando voy de viaje a visitar algún lugar, a veces se me viene a la memoria y me da cierto vértigo pensar en la gente y los hechos que han ocurrido en el punto donde me encuentro.
A veces venden casas demasiado baratas. Cabría preguntarse por qué lo hacen, quizás por urgencia, necesidad, o por temas que no interesa que se sepan. Siempre hay que indagar qué se esconde tras un precio bajo. Al fin y al cabo, es donde vas a vivir y quieres estar tranquilo. A nadie le gustaría vivir en un sitio donde se ha cometido un crimen, por ejemplo. ¿Por qué? ¿De qué tenemos miedo? Quizás, el sitio donde vives en este momento fue en otra época campo de batalla, o una fosa común de alguna barbarie. Claro que es tan lejano en el tiempo que se ve distinto, ya no hay espíritus pululando por el terreno. Igual pasa con los castillos, a todos nos fascina una construcción así, sin pensar en las muertes que han tenido lugar entre esos muros. Se ve hasta romántico cuando en realidad era un lugar de lucha, muerte y enfermedad, aunque pudieran vivir entre en ese recinto.
Te invito a hacer el ejercicio de imaginarte en un determinado lugar a tu yo futuro. Si eres joven, te sorprenderá cuando lo recuerdes con el paso de los años. Si eres persona entrada en años, la imaginación será recuerdo, ¿quién te iba a decir dónde estabas y hasta dónde has llegado? Si te dieran la posibilidad de volver a ser joven, ¿lo aceptarías? ¿Volverías a pasar por todo lo malo y bueno que te ha sucedido? ¿Cambiarías algo? ¿Qué hubiera sido de ti, entonces? Ahora ve más allá ¿Puedes verte siendo anciano? ¿Cuáles son tus planes? ¿Quién estará contigo en esos momentos? Quizás prefieras disfrutar el presente y dejarte de estupideces. Te comprendo, yo también lo haría.
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Veröffentlicht auf e-Stories.de am 15.12.2025. - Infos zum Urheberrecht / Haftungsausschluss (Disclaimer).